Inicios de la pretemporada 1981-82. Luis Aragonés se dirige a sus jugadores, acompañado siempre de su fiel Rogelio. En aquellos días parece muy ilusionado y ajeno a lo que vendría después.

Los adioses de Luis Aragonés

Por Manolo Rodríguez

Dos veces fue entrenador del Real Betis Luis Aragonés, sin duda, una de las figuras más emblemáticas del fútbol español a lo largo de los tiempos. El llorado seleccionador que le cambió la historia a nuestra selección en aquella inolvidable Eurocopa de 2008.

Sin embargo, el paso de Luis Aragonés por el banquillo verdiblanco tuvo más sombras que luces. Desgraciadamente. Y no tanto por los resultados deportivos, como porque en ambas ocasiones dijo adiós de manera inesperada y sorprendente cuando aún no se había iniciado la competición, en plena pretemporada.

La primera vez fue en el verano de 1981. En aquel Betis en el que aún permanecían los héroes del 77 y empezaba a reinar el extraordinario Rafael Gordillo. Luis sustituyó a Carriega y para el beticismo su contratación fue una buena noticia. Se trataba de un entrenador triunfador (ganador de una Liga, una Copa y una Copa Intercontinental) que, además, había sido jugador verdiblanco de 1961 a 1964. Y un extraordinario futbolista, por cierto, que rondó los cien partidos oficiales con la camiseta verdiblanca, marcando 41 goles

En su día, llegó a Heliópolis procedente del Real Madrid, como parte del traspaso de Isidro Sánchez a los del Bernabéu, y en 1964 fue transferido al Atlético de Madrid junto con Colo y Martínez, en una operación que dejó 11 millones de pesetas en las arcas del Betis. Con los colchoneros, Luis alcanzó su culminación a lo largo de 11 temporadas, en las que ganó 3 Ligas, 2 Copas y 1 Copa Intercontinental, además de ser Pichichi en una ocasión y alcanzar la internacionalidad en repetidas ocasiones.

También en el club del Manzanares se había iniciado como entrenador en 1974 y en ese banquillo permaneció durante seis temporadas consecutivas. Ahora salía por primera vez del Atlético de Madrid y a la afición bética le agradó mucho que Luis hubiera elegido al Betis como futuro destino. Su segunda casa, como él mismo solía decir.

Con tan buenos augurios comenzó el trabajo en el mes de julio. Y enseguida llegaron asuntos tan emotivos como el partido homenaje a Julio Cardeñosa, que enfrentó a los verdiblancos con el Puebla de México, equipo en el que militaban entonces algunas glorias nacionales como Pirri y Asensi –compañeros ambos de Cardeñosa en el Mundial de Argentina 78- y en el que también actuaba Hugo Cabezas, goleador uruguayo que hasta la temporada anterior había formado parte de la plantilla bética.

Luis parecía plenamente integrado, ilusionado con lo que estaba por venir, y siempre con la sonrisa en los labios que le provocaba su segundo entrenador y gran amigo, Rogelio Sosa.

Después, se jugó aquel Ciudad de Sevilla que se recordará siempre por haber desaparecido el césped del Villamarín, al que una plaga convirtió en arena. Sobre esa playa debió disputarse el trofeo, que terminó ganando el West Bromwich Albion inglés.

El último compromiso antes de que comenzara el campeonato fue la disputa del torneo 'Ciudad de la Alhambra', en Granada. Y ahí se encendieron las alarmas. Tras el primer encuentro disputado contra el Almería el propio Luis le confiesa a los periodistas que no se encuentra bien y que necesita unos días de descanso a fin de recuperarse de una artrosis cervical. Esas noches en Granada algunos informadores fueron testigos excepcionales de los violentos dolores de cabeza que sufría el entrenador.

A partir de ahí, todo se dispara. La liga retrasa su comienzo dos semanas a causa de una huelga de los futbolistas, y durante ese tiempo se mantiene la incertidumbre sobre el futuro de Luis, que deja de acudir a los entrenamientos y no asiste al partido copero contra el Coria que el Betis ha de jugar como local en Mairena al hallarse Heliópolis en plena resiembra.

El entrenador viaja a Madrid para someterse a unos exámenes médicos y sin él se presenta el equipo en Santander el sábado 19 de septiembre de 1981. Allí va a iniciar el campeonato. Durante varias horas se cruzan noticias contradictorias, pero esa misma noche se termina confirmando que Luis no acudirá a El Sardinero. Al día siguiente, el secretario técnico, Pedro Buenaventura, y el segundo entrenador, Rogelio Sosa, se sientan en el banquillo montañés.

Por fin, el martes 22 de septiembre, Luis Aragonés viaja a Sevilla, convoca a la prensa y anuncia su dimisión. Tremendamente afectado, confiesa padecer una artrosis cervical que le acarrea unos terribles dolores de cabeza. Con sinceridad, reconoce que está atravesando el peor momento de su vida.

Pasaron los años y en 1989 Luis volvió a vincularse de manera efímera con el Betis. En las vísperas de la promoción contra el Tenerife y supeditada a que el Betis la ganara y se mantuviera en Primera. Asistió a los dos partidos, incluso dio las charlas tácticas a los jugadores, pero aquello terminó muy mal. Se produjo el descenso y, tal como estaba pactado, cada uno siguió su camino.

 

La segunda marcha

Mucho más conflictivo fue lo ocurrido casi una década más tarde, aunque el principio resultara idílico. En 1997 había dejado el club el laureado Lorenzo Serra y Lopera creyó que quien mejor podía reemplazar al mito era Luis Aragonés. Lo contrató y en esa campaña 97-98 las cosas no terminaron de funcionar, a pesar de que el equipo llegó a clasificarse por los pelos para la UEFA. El público lo criticaba, pero el presidente lo defendía. Incluso lo galardonó con la insignia de oro y brillantes.

Al verano siguiente todo parecía transcurrir con normalidad hasta que en la madrugada del martes 28 de julio de 1998 estalló la bomba. La plantilla estaba concentrada en el hotel Sancti Petri de Chiclana y en uno de los salones reunió Lopera a los jugadores. Era el octavo día de pretemporada. Allí les comunicó que Luis Aragonés acababa de dimitir. Una noticia que confirmó el propio entrenador, arguyendo motivos familiares. Incluso dijo que se retiraba del fútbol.

¿Pero por qué se iba? Como es natural, nadie se creyó que su renuncia viniera determinada por razones personales y, mucho menos, que significara su definitivo adiós a los banquillos. ¿Por qué entonces? Las especulaciones fueron muchas, pero hubo algunos argumentos que se repitieron tanto que parecieron ser los causantes de todo.

Básicamente, se dijo que a Luis no le gustaba que Lopera tomara decisiones técnicas sin su consentimiento. No le parecía bien que fueran a traspasar a Jarni, no le gustaban los fichajes, que nada tenían que ver con los que él había pedido, no le hacía gracia que Denilson se incorporara después que los demás debido a compromisos publicitarios y no estaba conforme con que siguieran en la plantilla jugadores con los que no contaba.

Además, no estaba dispuesto a hacer ni un solo sacrificio más. Sentía que la afición lo había maltratado el año anterior y temía que el nivel de exigencia de este ejercicio fuera aún mayor, según lo que le oía a Lopera. Y era consciente de que no había mimbres para ello.

Por todas estas cosas, y alguna más, declaró que “hay quienes viven 365 días de rodillas y otros sólo un día, pero de pie”. Y se fue a Madrid de inmediato dejando perplejo al beticismo. Principalmente a los futbolistas.

Así quedaron las cosas al inicio de aquella campaña en la que el Betis llegó a tener hasta cuatro entrenadores. En los años venideros habría algunos encontronazos más entre Lopera y Luis, pero siempre a cuenta de lo mismo: de aquel inesperado adiós de Luis Aragonés. El segundo a lo largo de la historia que llegaba en pretemporada.